Martes | 28/11/2017






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Los Cuentos de Encarnación | Nro.140


El silencio de las uñas

¿Alguna vez se han dando cuenta de todo lo que callamos? ¿Les ha tocado decirse a sí mismos: si hubiese hablado con fulano, quizá...? Pues eso me pasó a mí hace unos meses.


Verán: yo nunca, nunca dejo que alguien me corte las uñas de los pies a menos que sea yo o mi madre. ¿Por qué? Porque siempre que lo hace otra persona, termino con una (o varias) uñas molestándome en la medida que crecen; justamente como ya no vivo en la misma ciudad que mi progenitora, una vez hasta tuve que ir a un quiropedista cuando se me ocurrió dejar que otra persona me "acomodara" los pies.




Pues bien... como todos sabemos, los humanos somos el único ser que tropieza dos veces con la misma piedra... y no fue una pómez precisamente. Resulta que me entusiasmé con unas amigas a ir a una peluquería a hacerme la pedicura, casi nunca voy, pero el compinche estaba bueno. La señora que me iba a prestar el servicio fue muy amable, mientras me remojaba los pies y me los exfoliaba yo estaba de lo más contenta y relajada... La señora trabajaba muy bien y me descuidé cuando comenzó a manipular mis uñas y ¡zas! le dio un corte a la primera.

Fue como si el tiempo se detuviera; en unos pocos segundos vi mi pie, a la señora, el aparato con que me había cortado (no era una tijera ni un cortauñas), cerré los ojos, los volví a abrir, era como si sonara la música de la película Psicosis de fondo, abrí la boca para decir... pero al paralelo en esos mismos segundos mis pensamientos pasaron de terror total a "¡ya qué carrizo!" y me callé.

Ya no estaba relajada, estaba un poco nerviosa. Ya no conversaba tanto, no dejaba de mirar mis pies, a la señora, al aparato... Finalmente vino la parte que adoro: la pintada. Allí volví a respirar sin tanta presión en el pecho porque me encanta decorarme las uñas de los pies: escoger los colores, combinarlos y hasta ponerles una de esas calcomanías de florecitas que son lindas. La verdad salí muy contenta porque la señora no sólo fue amable, el resultado se veía impecable.





Sólo una semana bastó, me empezaron a crecer las uñas y el infierno se posó dentro de mis zapatos. Esta vez no fui a un quiropedista, me la calé; a punta de aguantar el malestar en cada paso y de soportar el dolor cuando me cortaba, un mes después recuperé la sanidad de mis pies.

Nunca me molesté con la señora, ella no sabe que mis uñas son unas traicioneras. Pero sí me llené yo misma de improperios por no haber exigido, por mi propia salud, que no me cortara la uñas. Recuerdo que en aquél momento pensé: "es que la señora es tan amable que se puede sentir insultada o mal si le digo que no me corte". Claro, por un momento que quizá otra persona pudo (o no) haberse incomodado por un comentario de una cliente entre cientos que debe tener, yo pasé un mes sufriendo.

Pasó con mis uñas esta vez ¿qué pasará cuando sea algo más serio? ¿Cuándo aprenderé que no se trata de lo que diga sino de cómo lo diga? ¿Será que puedo levantar la voz sin miedo por mi bienestar y mi salud? No se trata de si me importa o no lo que puedan decir, pensar o sentir los demás; es que a nadie le hace bien que yo esté mal.




Si sabemos que algo nos hace mal, no temamos pedirle a otras personas que no nos lastimen. Créanme, al final nos sentiremos mejor todos... y una experiencia tan sabrosa como pintarse las uñas de los pies no se convertirá en un cuento de terror.

Recuerden, espero sus historias a través de vida@resumendenoticias.com.ve

¡Hasta las próxima!




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